Fundación Desarrollo y Asistencia

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29 de Julio de 2009

Día 4 en la vida de un Jubilado


Esta mañana al despertarse José y girarse en la cama, pudo mirar a su esposa que dormía tranquilamente.

Que permaneciera dormida durante largo rato le permitió a José comprobar cómo había ido cambiando su esposa: tenía algunas arrugas alrededor de los ojos y de la boca, su pelo mostraba algunas canas, su piel era algo más fina…, pero seguía siendo la misma ¡y tenía el mismo carácter!.

Y comenzó a reflexionar sobre su vida en pareja…

El momento de la jubilación no fue fácil. Cuando José se quedó en casa la primera semana, vio que su mujer tenía su propia vida, su propia rutina.

Él le preguntaba continuamente por cada paso que ella iba dando: ¿a dónde iba?, ¿con quién hablaba por teléfono?, ¿qué había de comer?, ¿por qué limpiaba otra vez el baño?, ¿por qué gastaba tanto dinero en el supermercado?…

Y se dio cuenta de comenzaba a agobiarla. Al fin y al cabo ella había llevado su propia vida mientras él trabajaba; tenía sus propias amistades, sus propios hobbies, sus propios horarios, y ahora él debía entrar dentro de esa rutina.

Afortunadamente ya habían hablado mucho sobre el momento de la jubilación. Ella conocía sus inquietudes y sus temores, y todo lo que estaba sucediendo no era nuevo para ella. La comunicación y la sinceridad estaba siendo la gran baza de la pareja. Pero también el acuerdo mutuo del respeto por el otro.

Ambos eran conscientes también de una cruda realidad, y era el momento del fallecimiento de su pareja. Tenían amigos que ya estaban viudos (también los tenían solteros y divorciados), y sabían lo duro que resultaba  para la pareja los primeros momentos en que se quedaban solos.

Los primeros días el viudo tiene mucha compañía de todos los que están a su alrededor (en el velatorio, en el entierro…), pero a las pocas semanas todos volvían a su vida, y el viudo se da cuenta de su propia soledad. Este es el momento en que necesita más compañía y apoyo de sus familiares y amigos. Por eso, José y su esposa, intentaban apoyar a sus familiares y a sus amigos tiempo después del funeral, para que, aun en su tristeza, siguieran sintiéndose acompañados. Y se lo decían a sus hijos, para que ellos también lo hicieran en el momento en que falleciera uno de los dos (¡y se aseguraban de ello!), y  quedarse tranquilos de que su pareja estaría bien acompañada.

Pero, además, José tenía todos sus “asuntos” muy bien atados (su testamento, la documentación de la casa, pensión, médicos, etc. muy bien ordenados, el seguro de decesos,…) para que en el momento del fallecimiento del otro, el papeleo no fuera un obstáculo más para aliviar la falta.

Pero ahí seguía su esposa, durmiendo plácidamente, y José observándola también plácidamente, porque sabía que ahora en su jubilación podrían disfrutar de su matrimonio.




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