Se habla mucho de las mujeres que ofrecen servicios sexuales. Pero se sabe poco de ellas.
Se habla poco de los hombres que demandan servicios sexuales. Y se sabe menos de los servicios que requieren de las mujeres.
¿Por qué? si ambos colectivos forman parte del mismo sistema de relaciones.
Habría que dar respuesta a esta pregunta. Más que nada para que la discriminación y la desigualdad no caigan siempre del mismo lado.
Pues eso, hoy, a través de tres relatos de mujeres, hablaremos de la otra parte de la relación: de los clientes y sus demandas.
Raro, raro. Se para un gigantesco trailer del que baja un hombre muy bajito. Requiere los servicios de una mujer. Acuerdan el precio. Cuando suben a la cabina, él le explica que sólo quiere que le mire lo que hace. Y lo que hace es que se quita los pantalones y el calzoncillo y se cuelga de una gran barra a modo de columpio que tiene en la parte trasera de la cabina. Ya colgado, empieza a balancearse y a gritar “columpio, columpio”, “columpio, columpio”. Nada más. Así un buen rato ante la mirada atónita de la mujer. Ésta le dice que no le gusta y que se va, y el insiste en que no quiere nada más, sólo que lo mire.
La mujer cuenta esta historia para expresar que sintió miedo, que ella prefiere lo ‘normal’ porque con este tipo de clientes nunca se sabe cómo se puede acabar.
Perverso. Un cliente contrata los servicios de una mujer. Acuerdan el precio. Se van en el coche a un apartado. Nada más llegar, el cliente le pide que le pegue fuerte. Que, antes de llegar a su casa, necesita que le peguen. Ella se resiste porque sabe que algunos, cuando les pegas a petición, se mosquean y las pegan a ellas a su vez. Como él insiste, ella le pega, un poco cortada. Él se empieza a cabrear y le dice que le pegue más fuerte. Ella le pega más y más fuerte, hasta que le duelen las manos. Y así un buen rato, hasta que ella le dice que ya no le puede dar más fuerte.
La mujer hace su propio análisis psicológico y cuenta que debe ser un alto ejecutivo de empresa que maltrata a sus trabajadores y que necesita que le peguen por ello, para saldar. También se muestra asustada por este tipo de clientes.
Irresponsable. Un cliente demanda los servicios de una mujer. Acuerdan el precio. Cuando la mujer sube al coche, mira hacia el asiento trasero -esto lo hacen todas como medida de seguridad, no se suben si hay más de una persona-. En el asiento trasero hay un bebé. La mujer le pregunta qué hace el niño en el asiento. El cliente le dice que es su hijo, que no tiene con quien dejarlo, pero que no se preocupe, que está durmiendo. Ella, indignada, se niega a subir al coche y le devuelve el dinero.
Dice que ella eso nunca lo hará, por principio. Y que le parece un sinvergüenza el hombre que hace eso.
Parecen cuentos, pero son escenas reales. Escenas arriesgadas que soportan las mujeres. Que a veces hacen reír, pero que dan miedo.
Elena Ron. Voluntaria de Médicos del Mundo








Comentarios
2 comentarios | Escribe un comentario
Buenísimo. Potencialmente devastador contra la hipocresía social. Destapar esa parte de la realidad puede hacer estragos en los paradigmas de condena contra las mujeres que ejercen prostitución.
Muy bien escrito. Felicitaciones.
Escrito por Lago de Villalto el 30 de Julio de 2009Muchas gracias por tu comentario. Miles de historias que podrían llenar miles de blogs. Éstas son sólo tres y “de lo más normales”. Un saludo. Médicos del Mundo
Escrito por Bárbara Tardón el 30 de Julio de 2009