Asociación Psiquiatría y Vida

Tiempo de rehabilitación

Cuando me diagnosticaron esquizofrenia pensé que todo había terminado para mí. Parecía que me habían dado, en vez de un diagnóstico, un papelito donde ponía “abandona toda esperanza”. Es cierto que hubo momentos en que deambulé sin esperanza. Por no tener, no me tenía ni a mí mismo, devastado, engullido por la negrura. Pero las cosas cambiaron, y recobré el pulso de la vida. Mi tratamiento me devolvió, sobre todo, el tiempo, que como el espacio, es un territorio donde nos desenvolvemos los humanos. Mis primeros pasos, quizá, fueron torpes, pero poco a poco fueron ganando fuerza e impulsándome hacia delante. No me rendí, pese a los obstáculos; hubo quienes me prestaron ayuda, quienes confiaron en mí más que lo que yo mismo era capaz de confiar. Y así, por fin, me aferré al mundo y acompasé mi tiempo, mi vida, a la de los otros, y recobre por fin la esperanza, que me abre ahora un camino inmenso que vale la pena recorrer. No aspiro a la felicidad ni importa demasiado si veo el mundo con la misma claridad que antes –como vimos, la nitidez del mundo no existe para nadie-. Ahora sé que trabajo, que diseño bien, que mi hermana me quiere y cree que soy un chulo, que mi padre ya no lamenta que no me haya convertido en abogado, que a veces sorprendo a mi madre cerciorándose mil veces de que he tomado la medicación; Ahora sé que mañana mi jefe volverá a darme la bronca con los nuevos programitas… Ahora se que he vuelto al mundo y que tengo planes, proyectos, esperanzas. Soy más importante que mi enfermedad, que está ahí, para que yo la cuide; pero que no soy yo.


Días atrás escribía aquí sobre el contagio emocional, sobre la danza invisible que se establece entre dos personas; la ciencia moderna nos demuestra que estamos biológicamente predispuestos hacia los otros, hacia los demás. El hombre solo no tiene ningún sentido. Eso es lo que trato de explicarle a Rosa en los descansos de nuestro trabajo en el Proyecto REdES. Ella, ya saben, está ahora de vacaciones. La extraño.


La experiencia en el curso de diseño fue inolvidable. ¿Saben ustedes lo que es un prototipo? Se trata de una maquetación inicial donde se propone al cliente un diseño de página web. Valga la inmodestia, después del curso, me las apañaba para realizar prototipos que quitaban el hipo. Nunca lo hubiera imaginado… Rosa hace prototipos mejores aún que los míos…


La rehabilitación laboral me devolvió a la vida activa, a los hábitos de trabajo que tuve que adiestrar en los talleres laborales del centro; también me entrenó en mi relación con los demás, los otros. Mis compañeros eran gente en mi misma situación, que se esforzaba por retomar el pulso de sus vidas. La rehabilitación laboral me trajo, también, a Rosa, mi amor secreto, de la que, por cierto, hace cuarenta y ocho horas y veintisiete minutos que no sé nada.


Hace veinticinco horas y diecisiete minutos que no tengo noticias de Rosa. La ausencia, en el amor, es dolorosa. Yo, a lo mío.


¡Mensajito de Rosa!

Me cuenta que sus vacaciones se alargan, que hace calor, que da largos paseos por la playa y que extraña nuestras conversaciones…  El día no puede empezar mejor… Mi amor secreto por Rosa no tiene una explicación racional; su justificación hay que encontrarla en lo mágico, que es una forma poética de referirse a las emociones. Cuando hablamos, sus palabras y las mías armonizan en un ritmo musical; al mismo tiempo, nuestros cuerpos ejecutan una danza gestual apenas perceptible…; nuestras emociones se sincronizan y establecen un contacto invisible pero más intenso que si nos rozáramos las manos. Y esto que nos sucede a Rosa y a mí, con frecuencia  nos sucede a todos. Pasamos la vida bailando una danza de emociones…. Más tarde volveré sobre este asunto.


-Proyecto Redes, dígame… ¿Una página web…? Estamos muy liados, quizá a comienzos de año…. Le paso con mi jefe, un momento.


Hace cinco días y catorce horas que Rosa no me llama. Mejor no pensar en ello. Afuera, el calor aumenta. Sigamos…


Al oír mi diagnóstico usted quizá haya sentido sudor frío, hormigueo en las extremidades, visión borrosa, leve mareo, deseo súbito de emprender la huida. Calma… La vía inferior de su cerebro desencadena una respuesta ansiosa ante una palabra que percibe como amenaza.


   

Es lunes, de acuerdo; los indicadores macroeconómicos siguen bajando; mi economía doméstica agoniza. De acuerdo. Mi amiga Rosa lleva tres días sin llamarme. Mi jefe me dijo que tengo que dominar el nuevo software en dos semanas. De acuerdo. Observo el espectáculo de mi pena, lo pongo ahí, lejos de mi, para poder verme y contemplar a distancia los problemas.


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