La turbia realidad, el engaño de los sentidos, y las verdades a medias.
En el proyecto Formación e inserción laboral de personas con enfermedad mental
Es lunes, de acuerdo; los indicadores macroeconómicos siguen bajando; mi economía doméstica agoniza. De acuerdo. Mi amiga Rosa lleva tres días sin llamarme. Mi jefe me dijo que tengo que dominar el nuevo software en dos semanas. De acuerdo. Observo el espectáculo de mi pena, lo pongo ahí, lejos de mi, para poder verme y contemplar a distancia los problemas.
Es lunes, y hoy se cumplen tres años, siete meses, tres semanas y dos días de mi salida del hospital. Soy un poco maniático con eso del paso tiempo, esa dimensión angustiosa. ¿Sabían que vivimos la realidad con unas milésimas de retraso? La vida es una retrasmisión televisiva en diferido. Nuestros cinco sentidos van cada uno a su bola, así que el cerebro se las apaña para ofrecernos una realidad ordenada. Ordenada solo a medias. ¿Han probado a mirarse los ojos en el espejo? ¿Pueden percibir el movimiento de sus pupilas? ¿Y el parpadeo? ¿Y los colores? La rosa no es una rosa… su color es un viento luminoso de energía electromágnética que llega desde sus pétalos a nuestra retina. La realidad exterior, que probablemente existe, es como es porque los humanos la percibimos así. Nadie puede conocer la entera verdad de las cosas. El cerebro, para compensarnos, también nos procura satisfacciones: por ejemplo, el amor secreto que siento por Rosa. No se si ya lo dije, hace tres días y doce horas que no me llama.
La realidad es, pues, conflictiva. En mi caso, el asunto se complica. Padezco una enfermedad mental que se ha dado en llamar esquizofrenia. Calma. Un 1% ciento de la población sufre trastornos similares al mío. Calma.






