Tiempo de Rehabilitación
En el proyecto Formación e inserción laboral de personas con enfermedad mental
Cuando me diagnosticaron esquizofrenia pensé que todo había terminado para mí. Parecía que me habían dado, en vez de un diagnóstico, un papelito donde ponía “abandona toda esperanza”. Es cierto que hubo momentos en que deambulé sin esperanza. Por no tener, no me tenía ni a mí mismo, devastado, engullido por la negrura.
Pero las cosas cambiaron, y recobré el pulso de la vida. Mi tratamiento me devolvió, sobre todo, el tiempo, que como el espacio, es un territorio donde nos desenvolvemos los humanos. Mis primeros pasos, quizá, fueron torpes, pero poco a poco fueron ganando fuerza e impulsándome hacia delante. No me rendí, pese a los obstáculos; hubo quienes me prestaron ayuda, quienes confiaron en mí más que lo que yo mismo era capaz de confiar. Y así, por fin, me aferré al mundo y acompasé mi tiempo, mi vida, a la de los otros, y recobre por fin la esperanza, que me abre ahora un camino inmenso que vale la pena recorrer. No aspiro a la felicidad ni importa demasiado si veo el mundo con la misma claridad que antes –como vimos, la nitidez del mundo no existe para nadie-. Ahora sé que trabajo, que diseño bien, que mi hermana me quiere y cree que soy un chulo, que mi padre ya no lamenta que no me haya convertido en abogado, que a veces sorprendo a mi madre cerciorándose mil veces de que he tomado la medicación; Ahora sé que mañana mi jefe volverá a darme la bronca con los nuevos programitas… Ahora se que he vuelto al mundo y que tengo planes, proyectos, esperanzas. Soy más importante que mi enfermedad, que está ahí, para que yo la cuide; pero que no soy yo.
Hace tres días que Rosa no me llama. Es dulce la espera.
Música recomendada durante la lectura de este blog: se feliz, Luz Casal




